
Ya hace varios minutos que perdí el despistaje y deje de divagar, ahora, más atento veo todo a mi alrededor, 5 cigarrillos rubios me separan de la avenida Pershing, cuando al lado de un semáforo en rojo encendí el primero, ahora ya estacionado por una callecilla en San Isidro, mas tranquil, sin importar el tiempo, abro la cajuela y saco mi delgado cuadernillo anaranjado, alborotado de los innumerables desvaríos que sufrí durante 3 años desde que tengo dicho cuadernillo. Sin vergüenza comienzo a escribir en medio de la calle, tantas vistas se desvían hacia mí, dos policías se acercan y me miran fijo, los ignoro y me rio con una mueca sarcástica, niños, adolescentes e innumerables ancianas cruzan a mi alrededor, ya se acerca la hora de la misa, yo por supuesto, solo los describo, cuando comenzó este relato pocos vehículos habían, ahora ya abarrotadas las calles de ellos para escuchar la palabra de Dios. Intente descansar hace un rato, pero grave el error de tomar un Red Bull cometí, que me mantiene aferrado a la luz y escribo esta crónica, falta poco para que me vaya, pienso en encender otro cigarrillo, pero este me apartaría de la lucidez y rapidez con las que escribo esto, que quizá no tenga ni sentido ni menos un objeto. Es solo el hecho de canaliza todo lo que por mi mente pasa. Miro el reloj y ya han pasado 16 minutos, todavía vacio, apoyado en un libro de Stephen Hawking que hace algún momento que me distrajo de la realidad ¿Hubo algo antes del tiempo? – pregunta mal hecha que me hice, valga la redundancia, ya que el verbo pasado de haber y la palabra “antes” simplemente connotan al tiempo en sí. La música en mi auto entra por mis oídos y se diluye por todo mi cuerpo, ya ahora mas distraído, estornudo, me cojo la nariz y con un dolor en la muñeca finalizo este relato. Tantas cosas pueden atravesar los ojos de uno en tan solo 21 minutos, solo desconectarse del entorno para hablar de él, hace bien de vez en cuando.

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